El hombre de Vitruvio

El espacio Cienfuegos (Málaga) se convirtió por unas horas  en un lugar
para la experimentación anatómica, artística, motriz, geométrica… en fin,
mil y una excusas para pasárnoslo bien en una actividad con moraleja: 
ser diferente es positivo.

Este pequeño taller parte de una confluencia de circunstancias. Por un lado existía el precedente de la microdidáctica “Experimentando con el hombre de Vitruvio”, cuando la proyecté ya reflexioné sobre la versatilidad de esta posible actividad que era completamente adaptable a casi cualquier edad en función de los contenidos que se quisieran añadir y que además tenía un contenido en valores.

Por otro, se dio el contexto favorable de participar en el curso “Infancia, cultura y diversidad” desarrollado por Ana Robles Anaya y que trascendió lo meramente académico, convirtiéndose en un punto de partida para la generación de propuestas centradas en la inclusión cultural de niños con capacidades diversas.

Sumados estos dos ingredientes la propuesta cristalizó en un taller para familias sencillo y divertido, abierto a todos los públicos y con muy pocas necesidades materiales.

Tras introducir sintéticamente al Hombre de Vitruvio y su historia, pasamos enseguida a la práctica. Los niños se tumbaron sobre un papel y  dejaron que sus padres trazaran su silueta a modo de pequeños hombres de Vitruvio.

A partir de aquí, el taller simplemente consistía en comprobar empíricamente el texto de anatomía redactado por el arquitecto romano y a su vez reinterpretado por Leonardo Da Vinci. ¡No os asustéis! Obviamente ese texto estaba adaptado, de modo que se trataba de “instrucciones” muy concisas que los niños podían comprobar por sí mismos o con ayuda de sus papás.

Un ejemplo: comprobar que longitud de tus brazos bien abiertos es igual a tu altura, mojando las palmas de las manos en pintura e intentando hacer coincidir las huellas de las manos con la cabeza y los pies trazados en la silueta.IMG_8939 b

Pero ¿eran infalibles las proporciones de Vitruvio? Pues no. Algunos de sus enunciados coincidían y otros no. Es lógico, si pensamos en primer lugar que el canon vitruviano define a un hombre adulto (es decir que ni las mujeres ni los niños encajan perfectamente en él) y en segundo lugar que se trata simplemente de un modelo ideal de belleza.

Por eso cada niño en su dibujo iba añadiendo una pegatina verde cada vez que una de sus medidas encajaban con el canon y una azul cuando no lo hacía. La moraleja venía al final, con el recuento de pegatinas: las verdes representaban aquellas cosas que tenemos en común con los demás, son positivas porque nos unen y nos hacen empatizar con los demás. Pero las azules son las que indican que tenemos rasgos que nos hacen diferentes y únicos, es decir, especiales. ¡Y eso es algo realmente maravilloso!

Como valoración general la experiencia fue positiva, si bien tendría que repetirla para ir puliendo algunos puntos y que fuera algo más fluida. Aún estoy a la espera de la valoración por parte de los padres, pero creo que los niños disfrutaron del taller.